
Tendré tus ojos
colgados de los restos, de un futuro que ya no es ésto.
Humaredas del ayer.
Vendrán tus manos
a sacarme de la grieta de los viejos terremotos
que me tiemblan en la piel.
Y serán tus brazos los que protejan la indemne integridad
de mis seguridades al sol.
Déjame en aquél peñasco,
rodeado de higueras infantiles,
el que lidera las tierras
fértiles de la gloria;
ésas que, cuenta la historia,
desaparecen al abrir los ojos.
Pero no importa, porque entonces
ya no hará falta abrirlos.
Cuando todo suceda,
tendré tus ojos.