
Cuenta la historia que había un chico, al que mi relator llamó Facundo, que estaba muy, pero muy enamorado de una chica a la que llamaremos, no sé..., Rosario. El tema es que Rosario y Facundo eran amigos, desde chiquitos. Y una mañana estival, Facundo despertó con la convicción de que se había enamorado de su amiga. Se desató una lucha en su interior, ya que, mientras su Corazón le pedía desesperadamente que le grite su amor a Rosario, su Conciencia le rogaba con cautela que no se precipite, que piense en todos los pro y los contra de decírselo, en los beneficios y en las contrariedades que podrían acaecer por esa confesión ultra profunda. En esa lucha, ganó, por el momento, la Conciencia.
Pasó el tiempo (¿Años?, ¿Meses? ¿Quién sabe? Al estar enamorado, minutos pueden transformarse en horas, días pueden trucarse en meses, meses en... siglañonías*), y Facundo había aprendido a convivir con el secreto del amor. Pero una tarde de invierno, Facundo recibió una carta misteriosa. En un sobre más añejo que el mismo tiempo, en el que figuraba su nombre completo, y no tenía remitente alguno, una carta escrita con tinta negra como la noche, le auguraba sólo 7 días de vida. Facundo, asustado, le rompió en mil pedazos y la arrojó a la basura. Con sorpresa vió que los pedacitos salían del tacho y se volvían a armar, cayendo suavemente sobre la mesa del living. Sonó el timbre, y la madre de Facundo fué a ver quién era. Una muchacha joven le dijo que le avise a Facundo que no debe ignorar las cartas del destino. Desesperado, Facundo salió corriendo a la calle. Atravesando la plaza, pensó que si era cierto sólo le quedaban 7 días de vida, tenía que jugarse y decirle a Rosario lo que sentía, no importaba si eso implicaba tirar a la basura una amistad de toda una vida, pero no podía morir sin decírselo, no podía, no debía (por suerte, Corazón estaba empezando a ganar la partida).
Pero, al cruzar a toda carrera la Avenida de los Álamos, el coche blanco patente ACC777 no lo vió a tiempo, pero él si tuvo tiempo de verlo bien desde el asfalto, desde abajo.
Conciencia se preguntó por qué, por qué había dejado que corra de esa manera, a lo loco. Corazón no se preguntó nada, porque se estaba quedando sin energías como para andar pensando en ñañerías como ésa.
En la ambulancia, Facundo sólo pensó en verla, en ver a Rosario, en decirle, en hablarle, en ver su pelo, su largo pelo castaño, sus ojos verdes como el mar, su sonrisa, su hermosa sonrisa fresca y amplia, ésa que cada vez que ella sonríe, él siente que el cielo se abre y bajan sobre él todos los ángeles y arcángeles.
Una muchacha de largo pelo castaño subió a la ambulancia y se sentó al lado de Facundo. Él, feliz de verla, y tratando de articular las palabras de una manera coherente, le dijo: “¡ Rosario! Me moría.... de ganas... de verte...Dame... tu mano...Estás fría... ¿Tenés frío?...Estás... pa...li...da...”. La muchacha lo miró deliciosa e inerte, y le contestó: “Querido Facundo, lamento que mi carta te haya llegado con una semana de retraso, pero ya es hora de irnos...”. Facundo nunca escuchó esas palabras, se fué con la certeza indesafiable de que Rosario estaba con él, para siempre.
Así terminó esta historia. Primero no la creí, pero en la oscuridad de la noche, me pareció ver un sobre que volaba por el campo. Un sobre de papel amarillento y añejo.
FIN
*: Siglañonía: es una medida de tiempo inexacta, puede equivaler tanto a siglos, como a años, como a días, dependiendo del estado de ánimo que tenga quien utilice el término.